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| Imaginario social del CPM |
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| la soledad, de jaime rosales |
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No creo que fuera una sorpresa que 'La soledad' se alzara como mejor película en la última edición de los premios Goya y que Jaime Rosales fuera elegido mejor director.
Sí fue toda una sorpresa, en cambio, que la nominaran, que la Academia dejara a un lado el miedo a reconocer los méritos de una película que pasó por la cartelera como un fantasma. Fue un coraje mínimo, porque de nuevo la fiesta del cine español dejó grandes ausentes: 'Yo', de Rafa Cortés, y Alex Brendemühl, y esa grandísima interpretación de Petra Martínez en 'La soledad'.
La Academia camufló esta vez los fastos a la industria y no al arte con la cinta de Jaime Rosales, que es –no tengan la menor duda- una joya del cine entendido como manifestación artística. Y una vez colocada entre la categoría a la mejor película, ¿cómo atreverse a rendir pleitesía de nuevo al mero espectáculo y no al arte?
La soledad ganó porque de otro modo habría sido como debatirse entre Mozart y Dover y premiar al segundo.
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Ahora la vuelven a estrenar porque sólo fuimos a verla unas 48.000 personas en toda España. Muchos curiosos irán a las salas y saldrán algo molestos, y preferirán 'El orfanato', producto de factura excelente, a la altura de las exigencias de la industria del entretenimiento. Pero a quienes les interese una experiencia más intelectual no quedarán defraudados. Hay muchas razones por las que merece la pena ir a ver La soledad y meses después, diría años, seguir regurgitando sus bondades. Éstas son la belleza, el rigor, una soberbia emotividad y, sobre todo, su insólito carácter arriesgado y radical.
La soledad es radical en su concepción y ejecución: Jaime Rosales lleva hasta el extremo la sobriedad narrativa en tiempos de hipérboles cinematográficas.
Su filme va más allá del naturalismo porque desnuda por completo la realidad, quedando únicamente ante nuestros ojos la soledad.
No hay música, no hay movimiento de cámara, y la austeridad del montaje sólo se rompe con la técnica de la polivisión, que consiste en partir la pantalla en dos para mostrar más de un punto de vista. Así, vemos a personas –que entran y salen del campo de visión de la cámara- cocinar, lavar los platos, cuidar a sus hijos, ver la televisión, charlar con amigos… En realidad, como en la vida misma, no ocurre nada. Aunque, como también pasa en el devenir de cualquiera, a veces, ocurre algo. Y en todo momento estamos presos de nuestra mente y de nuestro cuerpo; es decir, solos.
En una entrevista, Jaime Rosales, dice que “la soledad existencial es como la muerte: no tiene solución”. Alude a la relación del individuo consigo mismo, tan aterradora y tan inevitable como la muerte. Una persona puede compartir experiencias, puede estar acompañada, pero en el debate con su propia existencia está obligado a abstraerse de los demás. “La soledad existencial” es el tema central del filme, pero de él surgen satélites, como la relación con el otro, a menudo de incomunicación –y que resuelve maravillosamente con la polivisión: vemos a dos personas hablar desde perspectivas diferentes, de tal manera que parece que no se miran-. También nos invita a reflexionar sobre la fragilidad de la existencia y el dolor que provoca. Jaime Rosales lo hace con severidad, con un tempo lento que no desecha el suspense, más bien lo enfatiza. Estamos ante un mural de lo cotidiano, a menudo desolador, en el que sospechamos que cualquier cosa puede ocurrir y perturbar ese mundo casi estático.
Y lo hace.
Por sorpresa. No como el premio. La verdadera sorpresa es que existan artistas como Jaime Rosales.
Miriam Querol |
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