Por la mañana habían venido los operarios de la tienda de muebles de jardín. Trajeron la mesa de resina blanca y seis sillas a juego, tal y como les había encargado unos días antes.
Viendo cómo quedaba el conjunto del patio, me pareció que había tenido una buena idea al cambiar las viejas sillas de forja, por éstas nuevas. Los muebles de resina se veían mucho más ligeros, más alegres y no requerían el mantenimiento del hierro al que obligaba la intemperie.
Les dije a los de la tienda que vinieran por la mañana, mientras mi madre estaba en el centro de día, para tener la tarde libre y dedicarme sólo a acompañarla.
Mi madre dormía todos los días su ratito de siesta y después la sacábamos a merendar al patio, una costumbre que manteníamos mis hermanas y yo como un rito, porque a ella siempre le había gustado tomar allí el café de la tarde. La orientación sur hacía del patio de casa un lugar siempre agradable; en invierno incluso, a primera hora de la tarde era un rincón apetecible, si no hacía mal tiempo, con el sol colándose entre las ramas desnudas de la higuera; en verano invariablemente tomaba su café a la sombra tranquila del árbol familiar.
Entre sorbo y sorbo del café con leche, mi madre miró a su alrededor con detenimiento. Por un instante me pareció que seguía el vuelo de alguna mosca inexistente, con gesto de aprobación. Era un movimiento de cabeza que repetía con cierta regularidad, como si se ocupara en seguir el vuelo de un punto caprichoso; después quedaba ensimismada o hablaba, sin importarle el interlocutor, de alguno de sus recuerdos.
Se notaba que estaba a gusto con las pequeñas cosas, con su café recién hecho, la leche siempre del tiempo y una cucharada pequeña de azúcar blanco.
Al acabar la taza, detuvo su mirada en las sillas nuevas y tocó la mesa nueva acariciando la superficie que cubría un mantel coqueto, bordado por alguna de nosotras, para el día de la madre seguramente, en el colegio de las monjas.
Sonrió con satisfacción, como yo recordaba cuando de pequeña las cosas me salían bien, o cuando traía buenas notas.
Después me miró con ojos cariñosos y pausadamente, esta vez sí me tenía en cuenta, expresó su comentario: “Me gusta este sitio... el café como siempre, esta tranquilidad... y esta higuera tan parecida a la nuestra... que por un momento, fíjate, me estaba haciendo la ilusión de que estábamos en nuestro patio, me estaba haciendo la ilusión de que estábamos en casa” |