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Imaginario social del CPM
“La sonrisa vertical"
Una aproximación crítica a la novela erótica española (1.977-2002)”, Autor: Pedro López Martinez; por Lola López Mondéjar

Pedro López Martínez , es profesor de Lengua y Literatura. Realizó su tesis doctoral sobre el tema que aquí resume para su difusión: “La sonrisa vertical. Una aproximación crítica a la novela erótica española (1.977-2002)”, Universidad de Murcia, 2006. Entre sus libros de poesía señalamos: Imágenes de Archivo (El Bardo, Barcelona 1.993), El otoño de los tristes (El Bardo, Barcelona, 1.995), y Libro Ciudad (Renacimiento, Sevilla, 2006).

Por supuesto, no me acerco a este trabajo en calidad de experta. En realidad, del catálogo de títulos de literatura erótica que componen la colección de La sonrisa vertical, echando cuentas, he leído aproximadamente el 12%, lo cual no es mucho, como pueden ven.

Si añadimos los autores extranjeros que leí en mi juventud, y que no están contemplados en este estudio (Henri Miller, Bukoswski, Apollinaire), las pequeñas revistas ilustradas de la insuperable La perla, y algún cómic que otro (hasta los tebeos de Conan el Bárbaro nos parecían el summún del erotismo a los adolescentes educados en el nacional catolicismo de entonces), mis lecturas no van más allá de las de una mera diletante.
Mis comentarios, pues, no son más que los de una lectora entusiasta que ha leído su texto con placer, nunca mejor dicho.
La excelente prosa del autor cuenta desde el principio con la colaboración del lector atento y le invita a pensar junto con él sobre cada uno de las cuestiones que expone. Pedro establece una distancia cercana, como si estuviese a tu lado durante la lectura, marcándote los hitos de su análisis con amenidad.
Podríamos afirmar que un libro que no interroga al lector es un libro fallido y que este de Pedro López ha logrado, a juzgar por las cuestiones que suscita, alcanzar el objetivo que cualquier ensayo se plantea: el de incitar a pensar.

Vayamos con la primera de estas preguntas.

¿Existe una correlación entre la caída de la represión sexual del franquismo y el descenso en la demanda de literatura erótica en nuestro país?
  Señalaba Bataille, y lo recoge Pedro en su epígrafe “ El paraíso promiscuo ”, que el erotismo se sitúa precisamente en el espacio de la trasgresión de los interdictos, el deseo del erotismo es  aquel que triunfa por encima de las prohibiciones, y supone la oposición del hombre a sí mismo, la exploración de esa “ fascinación oscura” –tomo la expresión de una cita de Tribulaciones eróticas que Pedro subraya- que la sexualidad propia y ajena, la excitación a nuestro pesar, la perturbadora experiencia de lo sexual, en definitiva, nos produce.
La curiosidad es una constante en la especie humana, necesaria para su conservación como especie, pero la represión se constituye como su más eficaz colaboradora. Reprimida, la curiosidad sexual se recrea en el mundo de la fantasía, busca de donde alimentar sus ensoñaciones, impedida la realización directa del deseo, con la invención de lo erótico. La censura inviste sexualmente lo que el medio le ofrece como estímulo, siempre de modo disfrazado, metafórico, pues ya dijo Borges que la metáfora es hija de la represión. En un  contexto puritano, como señalaba más arriba, hasta los más castos cuadros de Botticelli eran objeto de nuestra búsqueda curiosa y sensual.
Cuando la represión desaparece, como ocurrió en España en un proceso muy breve de tiempo, el deseo sexual se expresa sin cortapisas y las fantasías ceden paso a la actuación. La curiosidad se satisface inmediatamente, no con elementos metonímicos y metafóricos, es decir, simbólicos, sino con imágenes directas,  ahora al alcance de todos en la cómoda y familiar sala de estar de nuestros hogares.
La pornografía, precozmente conocida por los adolescentes actuales, sustituye en la moderna educación sentimental a las metáforas culturales de nuestro obsoleto y mojigato erotismo. Por el momento todavía no estamos preparados para poder valorar las ganancias y las pérdidas que en la construcción de las subjetividades de nuestros jóvenes producirá este proceso.
El descenso de interés prestado pues a la literatura erótica, la fragilidad de las fronteras existentes entre literatura erótica y “literatura”, no es más que una consecuencia de estos hechos. Consecuencia a la que Pedro promete dedicarle su tiempo en ensayos sucesivos que, por ahora, se reserva, y de la que podemos poner como ejemplo, entre otros, las novelas del francés Michael Houellebecq.

Se interroga el autor, y nos interrogamos con él,  sobre si la finalidad de la literatura erótica es exclusivamente, como pretende Serane Alexandrian  excitar sexualmente al lector, o, por el contrario, la novela erótica de calidad incorpora elementos que, “en su relectura, nos siguen turbando y transmitiendo conocimiento retrospectivo, e ilumina esos intersticios que hasta entonces ignorábamos de nosotros mismos”. Apostando por esto último, es decir, por difuminar aún más las fronteras del género y aplicar a los textos que analiza el esquema general de cualquier análisis literario.
Para Pedro, la buena literatura erótica abre una puerta hacia algo que aún ignoramos de nosotros mismos, algo que nos sobresalta y nos perturba, pues nos habla de ese otro que llevamos dentro.
Y coincidimos también en esto.
Ahora bien, ¿qué es este algo?, ¿quién ese extranjero que nos perturba y nos habita?

La palabra busca  (casi podríamos decir, remontándonos a los orígenes del lenguaje, que con ese anhelo nace) tocar lo real, no sólo representarlo. La escritura intenta hacerse con un pedazo de ese real perdido, imposible de representar, del que gozan los animales y del que los hombres están ontológicamente separados.
Hombres y mujeres somos seres separados de lo natural y abocados al pensamiento, al lenguaje, una caída en el pensamiento que para Georges Steiner es el verdadero significado de la expulsión bíblica del paraíso. Heredera de esa caída en el pensamiento, en el universo simbólico, la escritura persiste en su intento de producir efectos de sentido, efectos observables, duraderos, en la carne melancólica que somos. Una carne triste, perdida para siempre en el laberinto de los signos.
La literatura erótica, a mi entender, la literatura de Bataille o de Apollinaire, es una literatura existencial, que apunta a la herida más profunda de la especie humana; en la reiteración del encuentro glorioso y placentero de los cuerpos, el hombre se queda triste, el lector se entristece también, pues no logra encontrar aquello que buscaba.
Intentando atrapar el encuentro con el semejante, el encuentro sexual, por más vueltas que le demos (y las vueltas son las peripecias a las que se dedica la novela erótica, los detalles que hacen la literatura, el objeto del análisis al que Pedro somete los textos); por más vueltas que le demos, decía, el encuentro sexual acaba por defraudarnos siempre, de ahí el dicho romano: post coitum tristitia .
De ahí, también,  el carácter profundamente existencial que a mi entender impregna estas obras. Es como si no nos conformásemos con esta verdad, como si intentásemos creer que en las florituras de la sexualidad hay una suerte de sentido. Los protagonistas de la novela erótica son hombres y mujeres desesperados que se enfrentan una y otra vez a la tarea imposible de la fusión, al esfuerzo por establecer un puente entre dos cuerpos, de salvar de su condena a esta carne melancólica que somos, insisto, con el artilugio del erotismo.
Hombres y mujeres atravesados por un deseo insaciable, abocados a la repetición más neurótica de los gestos sexuales (como no dudaría Freud de calificar su panerotismo), que parecen huir hacia delante para salir del agujero de la angustia que caracteriza lo humano.
En este sentido puede ser paradigmática la obra autobiográfica de Catherine Millet, La vida sexual de Catherine M. , donde la repetición adquiere un carácter obsesivo de compulsión, un carácter numérico, en el que la serie surge como sustituto y enmascara lo frustrado del encuentro.

Pero no todo es tristeza. En absoluto, pues la vocación de la palabra de tocar lo real es en el caso de la literatura erótica tan profunda que consigue alcanzar su objetivo: alcanza lo real sin artilugios, usando el lenguaje de los órganos, de los sentidos, y consigue,  y aquí está su logro más espectacular, que el cuerpo responda y  nos regale todo lo que nos puede dar. Que no es poco.

Quizás al convocar placer y tristeza consiga la literatura erótica su cumbre más alta, pues acierta a expresar una de las paradojas de la existencia humana.

Otro aspecto de la novela que me interesa recoger aquí es el de la diversión. El placer intelectual y personal que implica su factura. El juego de la imaginación desbordada, autónoma, libre, trasgresor que está en el origen de su escritura.

Hace ya muchos años conocí personalmente a un escritor brasileño al que admiro mucho, Joao Ubaldo Ribeiro. Es autor de una de las mejores novelas eróticas que he leído, La casa de los budas dichosos . Hablamos mucho, y en una de nuestras conversaciones me contó, con una gracia que inútilmente intentaré imitar, cómo, ante el encargo que una editorial de su país había efectuado a diferentes autores de escribir una novela sobre cada uno de los pecados capitales, le tocó en suerte la lujuria.
Joao comenzó el reto como hacía siempre, provisto de una prosa majestuosa y un humor fuera de lo común. Acompañado por estos dones se subía a trabajar a su despacho mientras la señora de la limpieza, ajena a su labor, envuelta en su propio trajín, daba vueltas por la planta baja.
Mientras iba escribiendo la novela, Joao  bajaba con frecuencia a comentarle a la empleada las proezas de su protagonista. En esta ocasión una viejecita libertina provista de una sensualidad sin límites. Sorprendido él mismo de su falta de prejuicios, de las increíbles hazañas eróticas que aquella emprendía, le contaba esto a la mucama como si no fuera él el autor, sino la heroína misma que hubiera cobrado vida y que continuaba por sí sola bajando por la pendiente erótica en la  que ya se había iniciado desde niña; la doméstica, atenta, participaba al parecer de esta ficción. Y así transcurrieron los capítulos.
Un día, Joao bajó precipitadamente las escaleras de su estudio, acuciado por comentarle a la mujer lo que parecía ser la última ocurrencia de su protagonista.
-          Mira que está pensando en tirarse a su papá – le lanzó de sopetón.
A lo que la señora contestó, muy apurada:
      - No, por Dios, Don Joao, eso sí que no lo puede usted consentir.
Joao, volviendo sumiso a la escalera, le respondió:
      - Está bien. Vamos a ver qué puedo hacer por impedirlo.

Cuento esta anécdota para subrayar el carácter que cobra la imaginación en la escritura de la novela erótica. “La fantasía erótica no conoce límites, e incluso se complace en vencerlos con ilusión de transgredirlos”,  nos indica Pedro López Martínez.  E. M. Foster  nos mostró cuál es la pregunta que el lector le dirige a la historia que pretendemos contar en una novela: ¿ y qué pasó después?, ¿y luego qué? le interpela; en la novela erótica  sólo la imaginación más loca tiene la osadía de intentar responder a la interrogación que se le lanza una y otra vez. En un más difícil todavía que va más allá de la acrobacia de los cuerpos, de los matices de la sensualidad, la pregunta que gravita sobre estas novelas  atañe a nuestra autocensura, a nuestra capacidad de arrasar con lo prohibido, a nuestra rebeldía. ¿Qué vamos a transgredir ahora?, se interroga el lector ideal. Y ni siquiera las más elementales leyes de la verosimilitud salen indemnes de esta contienda, pues, como bien señala nuestro analista al constatar la cantidad  de actos y el tamaño de los órganos que los ejecutan, unas y otros forma parte más de la expresión de un deseo que de la estricta y humilde realidad.


Volviendo a la anécdota de Ubaldo. Sin que nosotros lo queramos, el autor de cualquier novela erótica lleva dentro una mucama que, como la improvisada colaboradora de Joao, nos señala el camino más recto, censurando nuestro desvarío, diciéndonos severamente:
.
-          ¡No, por Dios, eso sí que tiene usted que impedirlo¡.

Y el escritor sube las escaleras insumiso, a ver qué es lo que puede hacer para NO evitarlo.


Autora de la reseña: Lola López Mondéjar, psicoanalista y escritora.

 
 
 
 
ISSN. 1989 - 3566

Editorial.
Pilar de Miguel.

La Histeria, fundadora del Psicoanálisis.
Javier Ramos García.

 
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Reunión Mensual del C.P.M con la discusión del siguiente trabajo:

EL PSICOANALISTA TRATANDO A UN PACIENTE GRAVE
Carlos D. Nemirovsky
Psicoanálisis. Revista de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires. Vol. XXXI Nº 1, 2009

Presentacion de Rómulo Aguillaume Torres.

2 de Octubre de 2010.
12:30 horas.
Madrid C/ Mejía Lequerica, nº 18 2º A.

 
 
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